Yo VoY eN tReNeS nO tEnGo DoNdE iR

«Nunca imagines ser diferente de lo que a los demás pudieras parecer o hubieses parecido ser si les hubiera parecido que no fueses lo que eres».

domingo, noviembre 26, 2006

Diario de la locura

I: Buscando sacar la locura a la luz

2, 4, 5 almas en una habitación, el rasgido de las cuerdas y un viejo amigo del mundo perdido. El que nos une, el que nos separa de nosotros mismos, ese capaz de hacer que el mundo se detenga en un instante eterno, ese que nos permite contemplar el interior del alma.

Una a una las estrellas del cielo abierto entraron en la habitación y apagaron las luces. Hoy no encandilan, la densidad del aire les quita el brillo.

Voces, más voces. Sonidos, más sonidos. Las guitarras se afinan y comienzan a tocar. Manos, más manos, es una mano. La música sale de las cuerdas atraviesa el aire, golpea las paredes y vuelve a sonar.

El espíritu se regocija, la locura comienza a asomarse por detrás de cada uno, va ganando confianza mientras la tierra intenta a bajar su velocidad, de a poco, casi imperceptible el tiempo comienza a ceder y los minutos se vuelven eternos.

Risas, más risas. La locura ya llegó, se unió se dividió, llegó.

II: Compartiendo la locura

Contra las cuerdas empezas a desafinar canciones sin rumbo que se pierden en la luna. La luna sonríe, se siente acompañada, nos busca con su luz. Con su espíritu de eterna enamorada, busca en el sonido una nueva emoción.

Me voy, ya no estoy acá. Escucho el rugir del mar, sólo yo y la luna, no hay nadie más. Me acerco al borde del abismo, veo las olas chocar contra las piedras, el agua me salpica. Salto, la inmensidad del océano me abraza y comienzo a bajar. Cada vez más profundo cada vez más oscuridad. Una luz cegadora. Otra vez estoy en la habitación.

Alguien habla de un laberinto. David Bowie y sus esferas de cristal comienzan a girar por el lugar. Carcajadas, y se escapa por la ventana un búho.

El aire se empieza a limpiar. Las estrellas se fueron, el ruido bajó. Bajamos. Desde el subsuelo pedimos ayuda. Como siempre, él llego a liberarnos, otra vez.

III: Recuperando la locura

Un nuevo juego ligué, atravesaste mis pulmones y rodaste por mis venas, te metiste en mi cabeza, sabes todo de mí, sacas todo de mí. Me transformas. Soy el lobo, camino por mi bosque de luna eterna.

Guardián de lo que no se ve, amo de los seres que se encuentran más allá de lo que se percibe. “Hay más cosas en el cielo y la tierra de la que tu filosofía puede soñar” resuena Shakespierre en el aire. La música resurge entre juegos.

A la voz de aura…. Aura. Animales con “a” y tu cabeza empieza a pensar. Antílope…águila…anaconda…ardilla…abeja……… burro…bisonte…buitre… y sigue el juego hasta que todos pierden, alguien gana o hasta que la música vuelva a apoderarse del tiempo.

Los acordes se acomodan, suena una melodía familiar. Los ruidos comienzan a entonarse. Entre las cuerdas y los sonidos, emprende la lucha por salir a la luz una nueva canción. Irrepetible, única, improvisada sinfonía que sale del corazón, que vive en los recuerdos amnésicos de cada ser.

Es hora de partir, la locura quiere correr libre por las calles de la ciudad cuadrada y nada se lo puede impedir.

IV: Sacando a pasear a la locura

Recorremos las calles desoladas, el camino es corto pero se hace eterno. La luna nos sigue desde las alturas, nos acompaña, nos muestra el camino. Se pierde entre los árboles, se esconde en los edificios pero siempre vuelve para guiarnos.

Llegando a destino nos vamos dividiendo, cada uno va llegando a su estación. 5, 3, 2 el tren se detiene. Ya no queres caminar. Sentado en la puerta de un bar ves la gente pasar. Pensas a dónde irán, de dónde vienen, qué buscan qué sueñan y te detenes. Las lágrimas que recorren las mejillas de esa chica que se encuentra en el cordón de la vereda te llaman la atención. Está desconsolada la cara deformada de tanto llorar y pensas que sólo el amor puede lograr algo así, que sólo eso puede causar tanta angustia.

Ves como los amigos intentan consolarla y te imaginas lo que le deben estar diciendo. Prendes un cigarrillo y te distraes con el resto de la gente. Volves a mirarla y la ves irse corriendo por la calle, huyendo, intentando salir del laberinto de desolación en el que se encuentra y desaparece, sólo queda por un rato en tu cabeza y te perdes en tu mundo otra vez.

El interior del cuerpo comienza a teñirse de negro. Hay algo que desea escaparse, pero la piel no lo deja salir. Es hora de volver a casa

V: Despidiendo a la locura

Emprendemos el regreso. El cuerpo cansado y los pájaros que comienzan a entonar sus eternas canciones de amor. Las calles se hacen angostas esquivando gente hasta que ya no hay nadie, el camino se hace largo. El tiempo retoma su curso habitual, la tierra vuelve a girar y no lo sabes.

Bordeamos la plaza, seguimos caminando. La llave en la cerradura pretende abrir la puerta y lo logra. Unos pasos más y otra cerradura juega con otra llave.

Adentro el calor, el cuerpo descansa y el elixir de los dioses logra que el cuerpo recupere algo de su energía. Anotas un round de amor en donde nadie pierde. El sueño comienza a vencer y terminas en un sueño blanco.


Gracias a El Gugui del Rock o El Villa por el aporte de ideas.

lunes, noviembre 13, 2006

Un barrilete en la tempestad

Un barrilete vuela en el cielo sin dirección. Se cortó el hilo que lo sostenía a la mano de Juan. No deja de llorar. Su mamá, Susana, intenta consolarlo, pero sin éxito. En la plaza nadie se da cuenta del sufrimiento del nene que perdió su barrilete. Nadie sabe que ese juguete de papel y caña lo hizo con su papá pocos días antes de que embarcara hacia Malvinas.
El desembarco en la zona de Puerto Enriqueta, a cuatro kilómetros de la capital de las islas resultó exitoso, no hubo más que una débil resistencia por parte de los británicos. El clima no ayudaba, especialmente a los soldados como Carlos que habían sido llevados a la guerra obligados y sin ningún tipo de preparación.
El paisaje era muy distinto al de Buenos Aires. A donde mirara eran tan solo grandes extensiones de tierra. El aire que se respiraba era el de la tranquilidad que precede a la tormenta. El frío se volvía cada vez más intolerable. Algunos festejaban la recuperación de Malvinas, otros estaban tan atemorizados por lo que podría llegar a pasar después que apenas sonreían ante los gestos de victoria de sus compañeros.
Buenos Aires, mientras tanto se vestía de celeste y blanco festejando anticipadamente la victoria. Susana, le prometía a Juan, como ya lo había hecho Carlos, que su papá iba a volver pronto.
El bombardeo británico no se hizo esperar. Sobre las islas comenzó a mezclarse la sangre con la nieve tiñéndolo todo de color desesperanza.
Carlos aprovechaba la poca luz del día para escribir a su familia, quería que supieran que todavía estaba vivo, aunque se encargó de no demostrar en el papel que las posibilidades de que volviera se acortaban día a día. Su mujer y su hijo eran la única razón por la cual seguía vivo. Quería volver a Buenos Aires y llevar a Juan a remontar el barrilete de colores. Quería volver al calor de Buenos Aires, a dormir en una cama.
Las bajas de soldados argentinos eran cada vez mayores, la ilusión del primer día de recuperar las Islas Malvinas se alejaba con cada soldado caído. Ya no se podía hablar de victoria, los medios empezaron a darle cada vez menos importancia al conflicto bélico.
El hundimiento del Crucero General Belgrano causó más de 300 muertes, ayudando al empobrecimiento del ejército Argentino. Los ingleses eran más, estaban mejor preparados, tenían mejor armamento, conocían mejor el terreno. Las desventajas argentinas eran muchas, el miedo también.
Dos días después lograron el hundimiento del destructor inglés Sheffield pero solo sirvió para traer a los soldados una pequeña esperanza que rápidamente se disolvió ante la gran cantidad de soldados heridos, la falta de alimentos y el frío.
Las fuerzas británicas no cedían. Poco después del hundimiento atacaron el campamento del batallón número 3. Dejaron un saldo de 25 heridos y 12 muertos sin recibir más que 2 bajas. Entre los heridos se encontraba Carlos que recibió una herida de bala en la pierna izquierda, con tanta suerte que la atravesó sin desgarrar ningún músculo o cortar alguna arteria.
Carlos seguía esperando el final, ya casi sin fuerzas, con algunas heridas que, según el Teniente a cargo de la zona, no eran lo suficientemente graves como para que lo sacaran del campo de batalla. El único amigo que hizo estando en las islas se llamaba Alberto, pero no duró mucho. Alberto recibió un disparo en la cabeza antes de cumplirse un mes de llegados a Malvinas. Después de eso no había hecho amigos en la guerra, le resultaba difícil encariñarse con personas que aunque compartían un destino parecido al suyo, no sabía por cuanto tiempo iban a estar ahí.
La lluvia no paraba, de repente un rayo cruzó el cielo. Recordó aquel bar en donde se encontraba en el momento en que la conoció a Susana, el casamiento, el vestido blanco, el nacimiento de Juan, su primera palabra, los domingos que lo llevaba a remontar barriletes, el último barrilete, el que todavía no había llevado a remontar. Se despertó con fiebre, probablemente causa del frío y la mala alimentación. Le costó levantarse. Seguía lloviendo y el refugio que habían armado para la lluvia ya no estaba. En su Jugar había un techo gris. El lugar era cálido, había luz. Enfermeras. Estaba en la cruz roja.
La fiebre fue producto de una infección. La herida abierta y sin cuidado comenzó a formar un cuadro de gangrena en su pierna izquierda. Nada habían podido hacer los médicos.
Ya no estaba en la guerra y no tendría que volver a combatir. En poco tiempo volvería a su casa con su familia.
Los días pasaban y sin embargo no lo dejaban ir. Había algo que no estaba bien, pero nadie decía nada.
Afuera continuaba el combate. Desde donde estaba podía escuchar los aviones, los bombardeos, los tiroteos. Agradecía no tener que volver a salir.
La actividad del lugar iba en aumento, cada tanto, en la camilla de al lado tenía a una persona diferente, a todos los tenían un tiempo y los dejaban ir, pero a él no.
A principios de junio los "'Argentinos ya eran concientes de que no iban a recuperar las Islas Malvinas, la guerra la estaban perdiendo y los tratados no servían.
El 13 de junio las fuerzas británicas penetran las defensas argentinas. En Buenos Aires piden que no se rindan. En Malvinas sabían que era la única solución. El 14 del mismo mes termina la guerra con el descontento de toda la población.
Ese mismo día, en el hospital de la Cruz Roja fallece Carlos Aguilar.
En Buenos Aires, Juan se despierta con el olor a café con leche que Susana le lleva a la cama. Ella sabía que la guerra había terminado y esperaba con ansias el regreso de su esposo. Mientras desayunaba con su hijo, éste le dice que quiere ir a la plaza a remontar el barrilete. Susana le dice de esperar a Carlos, pero ante la insistencia de su primogénito decide llevarlo.
A la salida del colegio lo lleva a Plaza Miserere. El día estaba soleado y el viento acompañaba. Había poca gente. El barrilete agarró vuelo en poco tiempo, Juan corría por la plaza mientras su mamá lo miraba sentada en un banco.
Una rama corto el hilo. El barrilete se perdió en el cielo.